Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía? (El ruido de un trueno - Ray Bradbury)

Inconcluso...

Una tarde, de esas tardes como cualquier otra, aquel hombre estaba tomando mate sentado en la misma silla y apoyado en la misma mesa de siempre, cebando mate, uno tras otro. La mirada, clavada en la pared como quien mira sin ver aunque tratando de descubrir una inmensidad escondida en un punto de aquella pared. Una inmensidad que se percibe, se siente aunque no se manifieste. De tanto en tanto sólo se distraía brevemente para ver el agua caer sobre la yerba y luego, volvía al punto que lo atrapaba siempre, sentado ahí en la misma silla y apoyado en la misma mesa de siempre, una tarde, de esas tardes como cualquier otra.

Pero aquella tarde no fue como cualquier otra, porque aquella inmensidad en aquel punto de la pared estaba por revelar algo. Se sentía en el aire, era como una tensión rara que no podía explicar. Pero la sentía y era real porque la sentía.

En ese sentir, sintió la necesidad de ver la pared más de cerca y le empezó a prestar más atención y ya ni el agua caer sobre la yerba lo distrajo. No podía dejar de mirar, porque se iba a perder lo que la pared revelaría.

¿Algo se movió? Duda.

¿Lo vio o lo imaginó?