Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía? (El ruido de un trueno - Ray Bradbury)

Un triste día. Uno más.

El horror, la indignación. Al leer el diario, al encender la radio, al mediodía en el noticiero. Siempre. Cada vez, todos los días. El horror y la indignación.

Y nada cambia. Y nos acostumbramos, lo “naturalizamos”. Es así. Siempre fue así. Nunca va a cambiar. Nunca. Nada.

¿Yo? Si... usted.

Nada. Me indigno, me horrorizo.

Y es así… interminablemente así. Todos los días, en todos lados. Y esta inacción alimenta la indiferencia, que alimenta la inacción y el mensaje nos deja perplejos, inmóviles… pero es claro: nada cambia.

¿Y si cambiara? ¿Qué cambiaría?

Nada… y volvemos a empezar.

Mañana será otro día. Mañana, al leer el diario, al encender la radio… horror e indignación.

¿Hasta cuándo?