Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía? (El ruido de un trueno - Ray Bradbury)

El nacimiento del rayo

* A partir de una historia que me contó mi papá una noche para que no me dieran miedo los truenos. Nunca supe después si fue un invento suyo o la escuchó o leyó de algún lado. La busqué, no encontré nada y me pareció lindo escribir a su memoria esta pequeña historia.

En aquel viejo tiempo y lugar sin nombre, la noche estaba cerca. Mientras el sol huía, aquellas nubes se acercaban amenazantes. Cubrían poco a poco el firmamento y se imponían frente a la tenue luz de la luna. Pronto todo quedó cubierto y oscuro. Aquel miedo que hiela la sangre y paraliza el cuerpo se apoderó del puñado de hombres que quedaron lejos de la aldea. Habían salido a cazar por la tarde y se alejaron demasiado. El alimento escaseaba y sus recorridos eran cada vez más y más largos.

Aquella noche

Una noche más. Una noche como esta, como todas las noches. Se sentía un poco incómoda, por el calor, por el día. Aquel día había estado de arriba para abajo. Dos entregas en la facultad y algunos trámites. El calor era insoportable, pero al menos podría dormir después de varias noches de tener que dibujar para llegar a las malditas entregas. A pesar del calor insoportable, hoy podría dormir un buen rato, pensaba mientras acomodaba la almohada.

Inconcluso...

Una tarde, de esas tardes como cualquier otra, aquel hombre estaba tomando mate sentado en la misma silla y apoyado en la misma mesa de siempre, cebando mate, uno tras otro. La mirada, clavada en la pared como quien mira sin ver aunque tratando de descubrir una inmensidad escondida en un punto de aquella pared. Una inmensidad que se percibe, se siente aunque no se manifieste. De tanto en tanto sólo se distraía brevemente para ver el agua caer sobre la yerba y luego, volvía al punto que lo atrapaba siempre, sentado ahí en la misma silla y apoyado en la misma mesa de siempre, una tarde, de esas tardes como cualquier otra.